Muchos silencios habitan esta mesa,
llantos y risas que no están,
ni estarán.
Gestos y manos
que no volverán a estrecharse,
a unirse a través del aire,
voces que no sonarán en el viento,
pasos que jamás seran dados.
De todo eso nos han privado
aquellos verdugos.
Pero no pueden
quitarnos los sueños,
quitarnos la esperanza,
quitarnos la memoria.
La casa de mi abuela tenía muchos olores. Olor a queso de cabra, a jamón recién cuajado, a fuego de leña. Entre todos los aromas, estaba el del Guiso Carrero. Una comida generosa, un rejunte ingenioso de lo que había para los que estaban.
Ahora mismo puedo oler la magia que se amalgamaba en la olla de fierro, inundando todos los rincones de mi infancia. Así recuerdo a mi abuela, cocinando junto a su recuerdo que no es un fantasma. O al menos, no es un fantasma cualquiera.
En el aire de la siesta había un sonido de radio encendida en medio del calor que apretaba justo antes de salir a cosechar la uva amontonada en las vides.
Don Jaime colgaba su vieja "Spika" en la punta de la hilera. Y siempre escuchaba tonadas. Tonada mendocina. Folklore más bien triste, emparentado con el flamenco, en donde la guitarra tiene un protagonismo central. A fuerza de trabajar durante toda la vendimia, aprendí a descifrar la complejidad de los arpegios y melodías que ejecutaban los dedos sobre las bordonas. Esa inasible técnica que los niños aprendían con inocente facilidad.
Cuando recuerdo Mendoza la música de fondo es esa radio "Spika" y la figura ensimismada de Don Jaime, con el cigarrillo armado de tabaco fuerte colgándole del labio, llevando sobre sus hombros el tacho lleno de uva como quien lleva el peso del mundo.
Detrás
de esas botellas elegantes,
no estás.
Oculto por la tierra y el calor,
agobiada la espalda,
curtidas las manos,
esperando milagros
de santos mudos y sordos.
No estás.
Anónimo.
Ausente.
Prescindible..